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De ruta por la Provenza francesa: 8 paradas imprescindibles

Castillos majestuosos, montañas, grandes playas, una naturaleza salvaje y bien conservada, pueblecitos con encanto y una gastronomía que enamora: así es la Provenza, un destino perfecto para unas vacaciones a lo grande.

Esta región del sur de Francia que hace frontera con Italia es perfecta para unas vacaciones por todo lo alto en un país que nunca defrauda. Provenza tiene de todo: desde grandes capitales, como Marsella o Nimes, a pueblecitos con encanto que van desde Gordes a Roussillon o Lourmarin. Tiene paisajes de ensueño, desde el Monte Ventoux a las playas infinitas de la Costa Azul o los imponentes Alpes, y destila ese savoir faire francés tan inconfundible que encontramos en cada rincón. Pasar una semana en La Provenza significa transitar de un castillo perfectamente conservado a una ostrería espectacular, seguir con alguna actividad cultural, visitar mercados y pueblecitos y mezclarse con su población, generalmente amable y receptiva. Aunque lo mejor cuando uno visita Francia es guiarse por el instinto e ir parando donde nos pida el cuerpo, hay algunos lugares imprescindibles que hay que visitar. ¡Toma nota!

Primera parada: Marsella

Volamos a Marsella vía Vueling y lo ideal es dedicar al menos un par de días a visitar esta ciudad fascinante, llena de vida, que nos invita a callejear por su centro histórico en busca de propuestas gastronómicas singulares y actividades culturales para todos los gustos. No podemos abandonar Marsella sin pasear por el puerto, adentrarnos en la imponente Catedral de la Major o visitar la Abadía de San Victor. Tomar un barco en el puerto que nos acerque al Castillo de If, un lugar que –dicen– inspiró a Alejandro Dumas para crear El conde de Montecristo es otra actividad imprescindible en la ciudad.

Les Baux-de-Provence, encanto medieval

Ha sido reconocido como uno de los pueblos más bonitos de Francia, y no es para menos. A apenas una hora en coche de Marsella, Les Baux es un remanso de paz, un pueblo medieval pintoresco y hermoso, situado en lo alto de una colina, que cuenta con una de las grandes atracciones del viaje: el museo Carrières de Lumières, donde veremos las pinturas proyectadas sobre rocas en un espectáculo tan emotivo como singular. Las vistas desde el espectacular Château des Baux tampoco tienen precio y si de repente nos enamoramos de la zona y nos apetece quedarnos unos días en este rincón mágico no vamos a aburrirnos: encontraremos numerosas excursiones para todos los niveles.

Rumbo a Nimes, la pequeña Roma

A menos de una hora de distancia se encuentra Nimes, una de las ciudades más hermosas de Francia gracias a su riqueza monumental y a su frenética vida cultural. La ciudad cuenta con el anfiteatro romano mejor conservado del mundo (Arena), el Museo de la Romanité (el museo arqueológico) o la iglesia de San Pablo, por citar solo algunos de los numerosos atractivos arquitectónicos que nos encontramos en una ciudad repleta de placitas y de ambiente, con terrazas siempre concurridas, platos apetecibles en cada mesa, tiendas gourmet, shopping, galerías y mucho más.

Aviñón, retazos de la historia

Conviene llevar calzado cómodo y la agenda bien planificada para pasar una jornada completa en Aviñón, en el interior de la Provenza, a escasos 50 minutos de Nimes. Declarada Patrimonio de la Humanidad, es una ciudad con un legado histórico descomunal, cuyo casco antiguo está repleto de edificios espectaculares, además de tiendas y restaurantes. Es obligatorio visitar la Catedral, el Palacio Papal (durante el siglo XIV la Santa Sede se trasladó de Roma a Aviñón), el puente Saint Benezet o el espectacular Les Halles, un mercado de productos gourmet siempre efervescente en el que detenerse a tomar un tentempié. Su muralla, perfectamente conservada, es uno de los principales atractivos de la ciudad.

Apt, lavanda y más

Desde Aviñón no podemos dejar de adentrarnos en el Luberon y descubrir la Provenza interior, con sus interminables campos de lavanda y su vida más mundana, alejada del turismo de masas y del lujo imperante en la costa. Apt es un pequeño pueblo encantador rodeado por otros igualmente hermosos, como Buoux, Bonnieux, Gordes, San Saturnino o Roussillon. Es un buen lugar para parar un par de días a disfrutar de esa inconfundible paz hedonista tan francesa, comer de escándalo (cosa que ocurre siempre en cualquier rincón de Francia) y hacer excursiones entre campos de lavanda y colinas verdes y onduladas.

Aix-en-Provence, tierra de Cézanne

La siguiente parada es Aix-en-Provence, donde daremos dar un pequeño giro a un viaje que ha empezado con historia y arquitectura y va a acabar, faltaría más, con un poco de vida callejera, playas y algarabía. Aix-en-Provence es la ciudad natal del pintor Paul Cézanne y en ella podremos visitar desde la casa en la que vivió de pequeño al estudio en que trabajó durante los primeros años de su carrera. La ciudad, con sus plazas siempre concurridas y su vida en las calles, empieza a invitarnos a contagiarnos de ese espíritu disfrutón y joie de vivre que van a acompañarnos durante el resto del viaje. Qué mejor para celebrarlo que reservar mesa en el inefable Gaodina, uno de los mejores restaurantes de la ciudad recomendado por la Guía Michelin. Si nos gusta Aix-en-Provence (que, sin duda, nos va a gustar), una buena opción es pernoctar en la ciudad y dedicar la siguiente jornada a hacer alguna excursión por el hermoso Parc Naturel Régional de la Sainte-Baume.

Cannes- Antibes-Niza: la esencia de la Costa Azul

Nos dirigimos ya a la Costa Azul, concretamente a Cannes, conduciendo algo menos de dos horas desde Aix-en-Provence. Es muy fácil impregnarse del glamour de esta ciudad fascinante, en la que todo nos recordará al Festival de Cine. El Boulevard de la Croisette, que recorre la costa, es un lugar perfecto para pasear entre playas de arena y elegantes boutiques, no sin antes habernos pasado por el paseo de la fama de Cannes, Allée des Stars. Un buen lugar para pernoctar y dedicarnos a vivir la vida loca típica de la Costa Azul es Antibes, una pequeña localidad costera repleta de casitas de colores y hermosas y pintorescas callejuelas, con playas espectaculares de aguas turquesa. O Niza, imponente capital costera que irradia lujo, donde disfrutaremos recorriendo sus colinas repletas de mansiones de famosos, nadando en sus playas y recorriendo sin rumbo un paseo marítimo siempre lleno de vida.

De Èze a Mónaco, ese lugar que no se parece a nada

Conviene conducir unos 40 minutos para plantarnos en Mónaco, ese lugar singular que no se parece a ningún otro y en el que se respira aún más lujo (y ya es decir) que en el resto de localidades de la Costa Azul. Podemos hacer una parada intermedia en Èze, un pueblo empedrado considerado también uno de los más hermosos de Francia. Si el bolsillo nos lo permite y somos amantes de la gastronomía, nada mejor que conocer nada menos que un tres estrellas Michelin: Le Louis XV, de Alain Ducásse, en el Hôtel de Paris, en Monte-Carlo.

Acabamos la ruta por la Provenza con la sensación de haber hecho diez viajes en uno: playas, cultura, naturaleza, gastronomía, vida cultural, pueblos, ciudades, lujo y autenticidad. Así es la Provenza, una de las regiones más hermosas de Francia.

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