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RUTA EN COCHE POR EL PAÍS VASCO DESDE BILBAO

Portugalete, Sopelana, Górliz, San Juan de Gaztelugatxe, Gernika, Mundaka... Todos ellos son destinos imprescindibles para una ruta en coche desde Bilbao.

Nada más aterrizar en Bilbao nos invade ese flow típico del País Vasco que no nos abandonará hasta el final del viaje: unos días en los que vamos a comer mucho y muy bien, disfrutar de paisajes interminables, verdes y salvajes, de acantilados, playas, pueblecitos pintorescos, cultura, arte, arquitectura y mucho, muchísimo ambiente. Nada mejor que comenzar una ruta en coche por el País Vasco desde Bilbao, que será el punto de partida para adentrarnos en los encantos de ese Euskadi ajeno a las capitales, que mira al mar y la montaña y sabe cómo disfrutar de la vida. ¿Tienes tres días por delante? ¡Pues vamos allá!

1. Primera parada: Bilbao y alrededores

Bilbao es una capital atractiva y enigmática a partes iguales, que, sin ser especialmente bella al estilo de San Sebastián, tiene un encanto único que hará que no queramos ni oír hablar de abandonarla. Pasear por la ría hasta llegar al Museo Guggenheim es una manera de iniciar el recorrido por Euskadi, para acabar perdidos por el Casco Viejo en busca de alguna que otra tasca informal en la que disfrutar del placer de ir de 'pintxos' (y visitar, si nos queda tiempo, la casa natal de Unamuno).

Los amantes de la gastronomía van a enloquecer en el Mercado de la Ribera, una auténtica locura de productos gourmet que data del siglo XVI. Por su parte, La Fundación Bilbao Arte, con sus propuestas creativas e innovadoras, demuestra que la ciudad es mucho más que el Guggenheim. Y si en algún momento de la jornada nos apetece merendar, que sea hincando el diente a alguna de las maravillas que salen del obrador de Pastelería Arrese.

A tan solo 12 km de Bilbao encontramos Portugalete (a la que podemos llegar en metro), donde lo primero que hay que hacer es visitar su Puente Colgante, una imponente obra de ingeniería industrial declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Las vistas desde lo alto son un buen colofón tras un paseo por su hermoso casco antiguo, repleto de tasquitas y tabernas en las que comer de fábula. ¿Algunas recomendaciones? Los 'pintxos' y tortillas de Casa Vicente o la cocina de mercado de El Abra son dos valores seguros. Podemos acabar la jornada visitando la imponente Basílica de Santa María y paseando por el Paseo Marítimo.

¡Imprescindibles!

En Bilbao, La Ribera no es solo un lugar cosmopolita y sofisticado a rabiar donde todo el día pasan cosas, sino que, ahí es nada, preparan una de las mejores tortillas de patatas de Bilbao. Por su parte, los cócteles de Cromwell, en Portugalete, son todo un prodigio. Se trata de la coctelería del hotel-boutique Puente Colgante, cuya decoración nos traslada a la Cuba colonial con el punto de sofisticación de un hotel del siglo XXI. Su selección de rones no tiene precio.

2. Rumbo a Mundaka

Conducir por el litoral que separa Bilbao de Mundaka es todo un placer que conviene hacer teniendo previstas una serie de paradas. La primera de ellas es Sopelana, que presume de algunas de las playas más bonitas del litoral vasco, con imponentes acantilados, surf y una buena oferta de deportes acuáticos y de montaña. Tras una jornada playera en Sopelana nada mejor que llegar a Gorliz a comer (en Begoña, por ejemplo, con su cocina tradicional de altos vuelos), para luego visitar los palacios de la zona residencial y sus playas siempre animadas y efervescentes. Otra parada obligada es San Juan de Gaztelugatxe, uno de los rincones más hermosos de Euskadi y un buen ejemplo de ese Cantábrico abrupto y voluptuoso que enamora día tras día a locales y visitantes. Es un lugar idílico, hermoso, místico y evocador, que se encuentra entre las localidades costeras de Bakio y Bermeo unido a la costa a través de un puente de piedra y una escalinata de 241 peldaños.

Llegamos a Mundaka exhaustos y algo turbados tras tanta belleza, y nos encontramos con un hermoso municipio costero donde abundan el surf y los barquitos (una buena opción es dar un paseo en barco por la ría), las terrazas y las vistas. Desde aquí tomaremos algunas de las mejores panorámicas de nuestro viaje, como las que se disfrutan desde la Ermita de Santa Katerina o desde el Mirador de la Atalaya.

¡Imprescindible!

Una visita a Crusoe Tresure nos permite conocer la primera bodega submarina-arrecife artificial del mundo, en que los vinos se envejecen bajo el mar, en la bahía de Plentzia: una experiencia de enoturismo única.

3. Urdaibai, el paraíso

Mundaka es la puerta de entrada para dedicar al menos una jornada a visitar la zona de Urdaibai, un espacio natural de enorme belleza declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Todo transcurre alrededor del río Oka, donde se aglutina una fauna espectacular que podremos contemplar al detalle en el Urdaibai Bird Center. Urdaibai está salpicado de preciosos pueblos que merece la pena visitar, desde Bermeo, tal vez uno de los más conocidos, a Guernika, con su espectacular núcleo urbano. También está Ea, donde no podemos perdernos el paseo por la Atalaya hasta llegar a la Ermita Talako Ama, y Elantxobe, un lugar pintoresco con unas cuantas casas de pescadores prácticamente suspendidas sobre el mar. Pero tampoco podemos olvidar visitar el Faro de Santa Catalina, en los alrededores de Lekeitio (otro de los pueblos bonitos de nuestra ruta), el castillo de Arteaga o la cueva de Santimamiñe.

¡Imprescindible!

Una visita a los refugios antiaéreos de Gernika es una buena opción para no caer en la tentación de repetir la historia, además, por supuesto, de su famoso árbol y de la Casa de las Juntas. Para comer, sin duda, lo mejor es reservar mesa en Boliña el Viejo, con su cocina casera, rica y abundante.

Finalizamos la escapada a Vizcaya conduciendo la media horita que separa Gernika y la capital vasca para regresar a casa felices e impresionados ante un festival natural y gastronómica que no encontramos en ningún otro lugar. Y para acabar el viaje por todo lo alto, nada mejor que una cena a lo grande que nos permita decir adiós a Bilbao con un extraordinario sabor de boca: que sea en Mina, un restaurante con estrella Michelin, pequeño y acogedor, que ofrece una cocina creativa de mercado con la vista puesta en la sostenibilidad.

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