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Malta en 3 días: itinerario completo para descubrir la isla en otoño

¿Solo tienes tres días? Sigue este itinerario por Malta para descubrir La Valeta, Mdina, Gozo y algunos de los rincones más espectaculares del archipiélago en otoño.

Malta tiene un don: hacer que 3 días parezcan más. En apenas un fin de semana largo puedes recorrer una capital Patrimonio de la Humanidad, visitar templos más antiguos que las pirámides de Egipto, bañarte en las aguas más transparentes del Mediterráneo, pasear entre acantilados y acabar el día con un buen plato de pescado frente al mar. Si viajas en otoño, además, todo juega a tu favor: las temperaturas siguen siendo veraniegas, el agua conserva el calor estival y la isla se disfruta con más calma.

Aquí tienes una ruta para aprovechar cada hora... sin sentir que vas con el cronómetro en la mano.

Día 1. La Valeta y las Tres Ciudades: donde empezó la historia moderna de Malta

La mejor manera de entender Malta es comenzar por La Veleta. No solo porque es la capital, sino porque pocas ciudades concentran tanta historia en tan poco espacio. Fundada por los Caballeros de la Orden de San Juan tras el Gran Sitio de 1565, su trazado en cuadrícula hace muy fácil recorrerla caminando.

Empieza el día en los Upper Barrakka Gardens, el mejor balcón sobre el Grand Harbour. Desde aquí se observa el ir y venir de ferris, barcos tradicionales y cruceros mientras, a mediodía, sigue disparándose el histórico cañón ceremonial que recuerda el pasado militar de la isla. A pocos minutos, la fachada de la Concatedral de San Juan esconde uno de los interiores barrocos más espectaculares de Europa. Además de sus impresionantes mármoles policromados y las tumbas de los caballeros, alberga La decapitación de San Juan Bautista, una de las obras maestras de Caravaggio.

Después toca perderse por Republic Street y las calles que descienden hacia el puerto. Aquí aparecen pequeños cafés, librerías, edificios color miel y los icónicos balcones cerrados de madera. Para comer, nada mejor que hacer una parada en Is-Suq tal-Belt, el mercado gastronómico de la ciudad. En sus diferentes puestos conviven recetas tradicionales y propuestas contemporáneas, aunque si quieres probar algo muy maltés, empieza por unos pastizzi, los hojaldres rellenos de ricotta o guisantes que los locales comen a cualquier hora del día.

Por la tarde merece la pena cruzar el Grand Harbour hasta las llamadas Tres Ciudades: Birgu, Senglea y Cospicua, que ya protegían el puerto y hoy siguen conservando un ambiente más tranquilo que la capital.

Birgu es, probablemente, la más interesante de las 3. Sus callejuelas de piedra desembocan en el Palacio del Inquisidor, uno de los pocos tribunales inquisitoriales europeos que todavía pueden visitarse. Después, basta con bajar hasta el paseo marítimo para encontrarse con una imagen que resume bien el contraste de Malta: fortalezas centenarias frente a algunos de los yates más espectaculares del Mediterráneo.

Antes de regresar, acércate a los Gardjola Gardens, en Senglea. Desde su torre de vigilancia, coronada por unos enormes ojos y orejas de piedra que simbolizan que la ciudad todo lo ve y todo lo oye, disfrutarás de una panorámica estupenda de la bahía.

💡 Tip: Cruza el Grand Harbour en una dgħajsa, las pequeñas embarcaciones tradicionales maltesas. Cuestan poco más que el ferry y permiten contemplar La Valeta desde el agua.

Día 2. Mdina, Rabat y los acantilados del oeste

Toca descubrir la Malta más pausada. Conviene madrugar para llegar a Mdina, cuyas calles silenciosas, prácticamente sin tráfico, explican por qué se la conoce como la Ciudad del Silencio. Tras cruzar la monumental puerta principal –que muchos reconocerán por aparecer en Juego de Tronos– merece la pena recorrer sin rumbo sus callejuelas de piedra dorada, asomarse a los patios escondidos y detenerse frente a la imponente Catedral de San Pablo.

A escasos minutos caminando aparece Rabat, con una compleja red de galerías excavadas hace casi dos mil años. Las Catacumbas de San Pablo permiten comprender cómo vivían y enterraban a sus muertos las primeras comunidades cristianas de Malta. Muy cerca también se encuentra la Domus Romana, donde todavía pueden contemplarse algunos de los mosaicos romanos mejor conservados del Mediterráneo.

De repente, Malta vuelve a cambiar de registro. En los acantilados de Dingli Cliffs no hay fortalezas ni callejuelas barrocas, solo enormes paredes de roca cayendo sobre un Mediterráneo infinito. Si viajas en otoño, es uno de esos sitios donde merece la pena caminar sin mirar el reloj.

Muy cerca te esperan los Buskett Gardens, el mayor pulmón verde de la isla y el refugio favorito de muchos malteses cuando quieren huir del bullicio. Y si hace temperatura de verano –que suele hacerla–, remata el día con un baño en Għar Lapsi, una pequeña cala de agua transparente que conocen bien los aficionados al snorkel.

La cena merece un homenaje a la cocina local. Es el momento de probar una ftira –el tradicional pan maltés relleno–, un conejo estofado, considerado plato nacional, o, si coincide la temporada, el lampuki, el pez dorado que protagoniza las cartas de otoño.

💡 Tip: Si visitas Għar Lapsi, lleva escarpines. Las plataformas de roca son ideales para bañarse, pero resultan bastante resbaladizas.

Día 3. Gozo, la isla donde todo sucede más despacio

Dónde dormir en Malta

Aunque muchos la visitan en una excursión exprés, Gozo merece dedicarle el día entero. El ferry desde Ċirkewwa apenas tarda 25 minutos, pero el cambio de ambiente es inmediato: menos coches, más campo y la sensación de que aquí la vida va más despacio.

Empieza por Ġgantija, uno de los templos megalíticos más antiguos del mundo. Tiene más de 5.500 años, de manera que es bastante anterior a Stonehenge y también a las pirámides de Egipto. Pone la piel de gallina.

La siguiente parada es Victoria, la pequeña capital de Gozo. Su gran protagonista es la Cittadella, una fortaleza que domina prácticamente toda la isla y que regala una de esas vistas por las que siempre merece la pena subir unos cuantos escalones.

La hora de comer tiene una parada casi obligatoria en Marsalforn, un antiguo pueblo pesquero donde las terrazas se llenan de platos de pescado fresco y marisco con vistas al Mediterráneo. Ya puedes tomarte el café sin prisas, porque todavía queda una de las imágenes más curiosas del día.

A apenas unos minutos aparecen las salinas de Xwejni, un inmenso mosaico de estanques excavados en la roca donde la sal continúa recolectándose de forma artesanal. Si el sol acompaña, entenderás por qué es uno de los lugares más fotografiados de Malta.

La jornada termina en Dwejra, probablemente el espacio natural más espectacular de la isla. Aunque la famosa Azure Window desapareció tras un temporal en 2017, el lugar sigue impresionando gracias al Inland Sea, una laguna comunicada con el mar por un estrecho túnel natural excavado en la roca. Desde aquí parten pequeñas embarcaciones que recorren las cuevas marinas cuando el estado del mar lo permite.

Si aún queda tiempo antes de regresar al ferry, acércate a los acantilados de Ta' Ċenċ. Son menos conocidos que Dwejra y constituyen uno de los mejores lugares para despedirse de Gozo contemplando un atardecer sobre el Mediterráneo que ya estás empezando a echar de menos.

💡Tip: No abandones Gozo sin probar un queso ġbejna, elaborado tradicionalmente con leche de oveja o cabra. Lo encontrarás fresco, curado o incluso conservado en pimienta.

 

3 días bastan para descubrir una buena parte de Malta, pero también para volver con la sensación de que aún quedan rincones por explorar. Y esa, precisamente, es la mejor excusa para regresar.

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