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¿De museos por Madrid? Y luego cenamos cerquita

Madrid es una ciudad privilegiada para cualquier persona aficionada al mundo del arte. También una metrópolis gastronómica. Para optimizar tiempo, aquí va un restaurante para cada museo. PLA-NA-ZO.

El saber no ocupa lugar, pero hambre sí que da. Os lo podemos asegurar. No es la primera vez que, extasiados en plena contemplación de todos los detalles de El Guernica de Picasso, nos ha dado por pensar en un buen plato de rabo de toro. Y os podemos confirmar que nuestras tripas han hecho un ruido que ha interferido con el sonido que salía de la audioguía que nos estaba dando una masterclass sobre El Jardín de las Delicias de El Bosco. Por cierto: delicias. Si es que todo nos lleva a lo mismo.

Madrid, con sus museos rebosantes de obras maestras indiscutibles y, al mismo tiempo, una metrópolis gastronómica en la que nos falta tiempo para probar ni siquiera una mínima parte de su oferta de restaurantes. Pero se puede optimizar el tiempo tratando de localizar packs de 2x1, paquetes a medida donde se mezcle el óleo y el guiso o la escultura y el frito. Aquí van una serie de propuestas conjuntas.

El Prado y Horcher: los clásicos nunca fallan

Hay que reconocer que el barrio de los Jerónimos, donde se ubica el Museo del Prado, no es la zona de marcha más animada de la capital. Aquí se viene a gozar de la obra de Goya y Velázquez, entre otros, y, porqué no, a disfrutar de una velada gastronómica a la altura. Es por eso que nos parece que tras deleitarnos con hitos de la cultura como Las Meninas que ni siquiera un hater de la cultura osará poner en duda, es buena idea acudir a Horcher (Alfonso XII, 6), el clásico entre los clásicos de la restauración madrileña y darse así un capricho. Podemos ir en plena temporada de caza para saborear delicatesen como el ganso o la becada, pero también en los últimos días de la primavera, con el objetivo de disfrutar de su gazpacho prodigioso. Lo que sí que hay que hacer es dejar hueco para su baumkuchen o pastel de árbol, un postre que no se parece a ningún otro y que es un espectáculo para los sentidos.

El Reina Sofía y Arzábal, tapas con arte

¿Hay algo mejor que encontrar un sitio estupendo para comer o cenar al lado del museo que vamos a visitar? Sí, que el local en cuestión esté dentro del museo. O prácticamente. Es lo que ocurre en el Reina Sofía. Cuando aún no nos hemos repuesto del stendhalazo de su colección de arte español y de haber flipado con El gran masturbador de Dalí o La casa de la palmera de Miró, toca salir y encontrarse, a mano derecha, con la entrada a Arzábal (Edificio Sabatini Museo Reina Sofía, Calle de Santa Isabel, 52). En esta sucursal de la neotaberna más conocida de la capital no faltan los grandes hits de la casa, como esas croquetas con leche de oveja latxa o su ensaladilla rusa, pero también saben afrancesarse con una raya a la mantequilla negra o ponerse castizos con unas albóndigas de solomillo de ternera con salsa de vino tinto. ¡De lujo! En cuanto el tiempo acompañan, disponen de una terraza en la que revisar el catálogo de la exposición que hemos comprado en la tienda. O bueno, el clásico pin con una obra de arte que sabemos que jamás nos pondremos…

El Thyssen y una cena bajo tierra

El Paseo del Arte madrileño se completa con el museo Thyssen, donde el impresionismo de Degas o Van Gogh está a partir un piñón con el pop art de Lichtenstein o de Warhol. Tal empacho (virtual) de tendencias artísticas merece ser digerido en un ambiente casi casi ascético. Lo encontramos en la Bodega de los Secretos, un lugar como no hay otro en Madrid. En este restaurante, ubicado en el Barrio de las Letras, se cena en unas bodegas bajo tierra del siglo XVII, con unas paredes repletas de hornacinas, cúpulas, arcos y pechinas ornamentadas. La oferta gastronómica es mucho más actual y va desde la burrata sobre crema de tomate y albahaca con olivada de aceitunas negras hasta el trio de mini steak tartar con matices de trufa, anchoa y wasabi, pasando por el suquet de rape con patatas risoladas y vieira. Viva la mezcla.

Arte contemporáneo y el-restaurante-del-que-todo-el-mundo-habla

Dicen los enteradillos del arte de Madrid que no hay mejor sitio para disfrutar de buenas exposiciones que la Fundación Mapfre. A ambos lados del Paseo de Recoletos, sus dos salas son un combo ganador al que se asoman artistas de la talla de Giacometti o Cartier-Bresson. Su buen gusto se puede compaginar con un paseo de menos de cinco minutos hasta el corazón del barrio de Chueca, la calle Augusto Figueroa. ¿Que nos espera allí? Roostiq (Augusto Figueroa, 47), el restaurante que sabe aunar como ninguno una oferta de producto de proximidad y el mejor ambiente de la capital. Pizzas deliciosas, pollos de su granja abulense, riquísimas verduras a la parrilla, una tarta de queso sobresaliente y una bodega más que interesante. Por si esto fuera poco, está de bote en bote.

Videojuegos y cocina del norte

Una de las exposiciones que más ruido están haciendo en los últimos tiempos en Madrid es Game On. La historia del videojuego 1972-2020, en la Fundación Canal Isabel II hasta finales de mayo. Desde Pac-Man hasta Minecraft, lo que aquí se puede ver y jugar también es arte. Para rebajar un poco la cuota de píxels, nada menos que dar un pequeño paseo Castellana abajo y perderse por sus calles aledañas para toparse con Asgaya (Doctor Fleming, 52), el referente de la cocina asturiana en Madrid. Todos los hits de la gastronomía del Principado caben aquí, con el cachopo, la fabada, las sardinas o las verdinas encabezando la oferta. Para rematar la comida, hay dudas entre su canónico arroz con leche y su torrija de pan brioche. Hay elecciones que cuesta tomar…

Sorolla y pizza: Mediterráneo al cubo

Lo admitimos: nos encantan los museos dedicados a una sola figura del mundo del arte por aquello de hacer una inmersión total en la obra de un solo autor. Siempre nos ha parecido encantador el pequeño museo dedicado a Sorolla de Chamberí, con su no menos encantador jardín en el que ponernos muy decimonónicos, románticos y con la tensión un poco baja… Por aquello de seguir apostando por una sola cosa en el maridaje gastronómico, creemos que es una buena opción remontar la calle General Martínez Campos y, ya en Santa Engracia, bajar hasta Grosso Napoletano (Santa Engracia, 48), donde preparan unas pizzas maravillosas en pocos segundos en su horno. Si a esto se le puede llamar fast food, que nos den cuarto y mitad.

¿Entonces qué? ¿Vamos buscando un vuelo barato a Madrid para escaparnos un par de días?

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