Jerusalén alternativa
Jerusalén es una ciudad fascinante. Cuna de las culturas hebreas, cristiana y musulmana, pasear por su barrio antiguo es como caminar por el plató de una esas superproducciones hollywoodenses dirigidas por Cecile B. Demille. Enclave que rezuma historia en cada una de las piedras que cimientan sus edificios y templos, cuando se trata de viajar, a la capital de Israel siempre se le ha catalogado como destino religioso. Mucho más interesante resulta peregrinar hasta Tierra Santa para descubrir la vida en las catacumbas de la ciudad. De los bares y clubs del renacido mercado de Mahane Yehuda al único estudio de tatuaje de la Ciudad Vieja, os descubrimos los puntos más interesantes de la Jerusalén alternativa.
Adraba Books
Punto de encuentro de la comunidad literaria de la ciudad, Adraba Books es la librería de Jerusalén para todos aquellos que busquéis relatos que esquiven la historia oficial. Más allá de su café (algo a remarcar en un país que no despunta por la calidad de sus espressos, macchiatos y cappuccinos), destacar su sección de volúmenes de arte y su oferta en libros en lenguas extranjeras, especialmente en inglés. Ben Maimon, 5
Casino De París
En el corazón del Mahane Yehuda, revitalizado mercado ocupado por coloridas paradas de alimentos durante el día, muchos de cuyos puestos por la noche se transforman en clubes y bares con música en directo, encontraréis el Casino de París, uno de los clubes más populares entre los oficiales del ejercito británico en la Jerusalén de la década de los años 20. Un siglo más tarde, gracias al impulso de Sha'anan Streett, vocalista de Hadag Nahash -una de las bandas de hip hop más aclamadas de Israel- y Eli Mizrahi, también propietario del cercano Machneyuda -probablemente el mejor restaurante de la ciudad-, revive sus días de gloria, ahora con una parroquia que reúne a las criaturas más interesantes de la noche local. Mahane Yehuda, 3
Gatsby
Junto a un restaurante de comida rápida, camuflado tras un anodino portalón negro de acero, sin cartel ni señal alguno que lo delate, se esconde el Gatsby. Pese a su breve historia (hace poco más de un año que abrió sus puertas) se trata de la primera coctelería de Jerusalén, lounge que recrea el ambiente de los speakeasy norteamericanos de la época de la Ley Seca. Un auténtico espectáculo ver cómo agita la coctelera su barwoman. Como suele suceder en este tipo de locales, para poder entrar primero hay que conseguir el código secreto del día (o haceros los guiris despistados: conmigo coló). Hillel, 18
Lev Smadar
Abierto en 1921, el Lev Smadar es uno de los cines más emblemáticos de Jerusalén. Oculta en una callejuela de la barrio alemán de Jerusalén (realmente, dar con él es más difícil que encontrar a Wally con una camiseta sin rayas), la sala está especializada en cine independiente americano, europeo e israelí. Frecuentado por el colectivo cultureta de la ciudad, todas las películas se proyectan en versión original, y los filmes de factura local se emiten en hebreo con subtítulos en inglés. Lloyd George, 4
Razzouk Tattoo Studio
Perdido entre las sinuosas callejuelas que circundan la Puerta de Jaffa daréis con Razzouk Tattoo, el primer y único local de tatuajes de la Ciudad Vieja de Jerusalén. Como (casi) todo en esta ciudad, la historia de Razzouk Tattoo es fascinante. Los Razzouk, familia de origen egipcio, practican al arte del tatuaje desde el siglo XIV. Por aquella época se dedicaban a grabar en tinta en el anverso interior de la muñeca de los cristianos coptos una pequeña cruz que les servía como salvoconducto para poder entrar en las iglesias. Instalados ya en Jerusalén, fue el abuelo Yacoub Razzouk quien abrió el estudio a mediados del siglo XX. Actualmente es su nieto Wassim Razzouk quien mantiene viva la tradición familiar. St. George, 31
Uganda
La sala en la que dejarse caer en Jerusalén las noches de entre semana. En activo desde hace una década, su cabina es uno de los refugios predilectos de los DJs más interesantes del subsuelo electrónico de Israel. También es el lugar en el que nutrirse de vinilos, novelas gráficas y resto de propaganda (contra)cultural del país, y uno de los pocos clubes de la ciudad en los que degustar una pinta de Taybeh, cerveza palestina que nada tiene que envidiar a los mejores zumos de cebada alemanes o belgas. Aristobolos, 4
Videopub
Es el único bar abiertamente gay de Jerusalén, una apuesta ganadora si queréis vivir una noche memorable en la ciudad. Con un poco de suerte os toparéis con alguna de sus populares fiestas temáticas de los años 80 y 90, veladas en las que, uno tras otro, suenan los éxitos más petardos de ambas décadas. Si os entregáis demasiado a la jarana, no os extrañe que seáis secuestrados por alguna de las drag queens para echaros un baile con ellas en el escenario del local ¡Avisados estáis! Horkanus, 1
Yellow Submarine
Abierta desde 1991, la Yellow Submarine es la sala de conciertos más emblemática de Jerusalén, local en el que ha actuado lo bueno y mejor de la muy interesante (aunque por aquí desconocida) escena musical de Israel y algunos de los más destacados nombres internacionales que han pasado por el país. Altavoz del talento local, más allá de su programación diaria de bolos, también organiza conferencias y exposiciones, además de ofrecer servicios de local de ensayo y estudio de grabación. Rehov Ha-Rechevim, 13
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Texto de Oriol Rodríguez para Los Viajes de ISABELYLUIS
Fotos de Oriol Rodríguez, Cine Lev Smadar (© Alex Jilitsky), Uganda (© Udim), Yellow Submarine (© Uri Leshem)
+ infoHistoria y vino en Saint Émilion
El monje Émilion, una especie de Robin Hood, fue el encargado de darle nombre a esta localidad que se encuentra a 38 kilómetros de Burdeos –cuesta aproximadamente media hora llegar tanto si vas en coche como si lo haces en tren-. Pasear por sus calles empedradas y empinadas es respirar historia... y vino. El aroma de Baco inunda todo el pueblo, que se encuentra rodeado de viñedos de las variedades merlot, cabernet franc y cabernet sauvignon.
En un día podéis ver la gran mayoría de sus encantos, pero os aseguramos que querréis quedaros allí para toda la vida. Gran parte de la historia de Saint-Émilion se encuentra bajo tierra, lo que nos hace imaginar un pasado lleno de sociedades masónicas y grutas secretas, un aire de misterio que otorga aún más atractivo a este municipio declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO.
Mundos subterráneos
De visita obligada es su iglesia monolítica, la más grande de Europa. Excavada bajo tierra, es imposible de imaginar sus dimensiones desde fuera. Esta joya arquitectónica nos permite adentrarnos también en las catacumbas, donde se enterraban a los antiguos nobles. Se realizan visitas guiadas en varios idiomas cuyos tickets se pueden comprar en la oficina de turismo y que vale la pena contratar. En el caso de la visita guiada en español, se hace siempre a las 12h.
Si os gustan mucho los mundos subterráneos también hay diversas bodegas bajo tierra que podéis visitar, como la Cardinal Villemaurine, Clos de Menuts o Manoir Galhaud, por citar solo algunas. Además hay más de 100 châteaux donde degustar todo tipo de vinos con denominación de origen de Saint -Emilion. Eso sí, en las catas no olvidéis escupir de vez en cuando el vino, no se os vaya a subir a la cabeza y acabéis haciendo cosas de las que arrepentiros a la mañana siguiente.
Paseando por la villa
En el exterior la villa nos ofrece paisajes de postal y paseos románticos. Subir y bajar las calles empinadas con tu pareja cogidos de la mano convierte el recorrido en lo que puede parecer un camino de obstáculos por las piedras irregulares, como si de una metáfora sobre el amor se tratara.
Callejeando se llega a la puerta de la Cadena, un arco que en sus días separaba la parte alta de la ciudad, dónde vivían los nobles, de la parte baja, dónde residían los campesinos.
En la Edad Media Saint-Émilion estaba defendida por un recinto fortificado que constaba de 1500 metros de murallas, y se accedía a la ciudad a través de seis puertas: la puerta Bourgeoise situada al norte, la puerta Brunet en el naciente, las puertas de los Chanoines y de Saint-Martin en el poniente, las puertas Bouqueyre o Bouquière y la de Sainte-Marie al sur. La puerta Brunet, que da a los viñedos, es la única que se conserva prácticamente en su estado original. Vale la pena acercarse a este lado de la villa donde lo único que escucharás será a los pájaros cantar.
Otro de los monumentos que se ve desde prácticamente todo el pueblo es la torre del castillo del Rey. Se puede acceder a la parte alta por 1,5€ y contemplar unas vistas que dejan sin habla a cualquiera.
Macarons para merendar
Antes de que Ladurée reinventara la fórmula de los macarons haciéndolos dobles y de diversos colores y sabores, éstos ya existían como un dulce de almendra esponjoso de gran tradición en pueblos como Saint-Émilion. En el siglo XVII las monjas Ursulinas de este municipio fueron las responsables de la cosecha de almendra que utilizaron en sus pasteles, creando así los macarons, famosos todavía hoy en toda la región. Podemos encontrarlos en dos tiendas de gran tradición: Mouliérac y la Fabrique de macarons. Si sois muy golosos y os quedáis con ganas de más azúcar en vena, también podéis probar los canelés, unos pequeños bizcochos típicos de Burdeos cuya receta también pertenece a una orden monástica, esta vez del siglo XVI ¡Absolutamente delicieux!
Brasseries, foie gras y queso para cenar
Encontraréis múltiples restaurantes de cocina tradicional y brasseries, ideales para comer canard (pato) o entrecot. Y si lo que os apetece es probar quesos típicos franceses, algo de foie gras e incluso unas ostras mientras degustáis varios vinos, el restaurante L’Evers du Décor es el sitio ideal. Tiene un pequeño patio para las noches calurosas de verano y su carta de vinos es tan extensa como una novela de Cervantes. Dejad que el camarero os recomiende, y abandonaos a los efluvios de Dionisio.
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Texto de Miriam Arcera para Los Viajes de ISABELYLUIS
Fotos de Antonio Caballero
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Saboreando Edimburgo sin prisas
La vertiente más disfrutona de Edimburgo incluye restaurantes de autor con estrella Michelin, chocolaterías, salones y sesiones de té, bares de vinos, pubs de cuento y hoteles boutique para el pantagruélico desayuno escocés pero también para el descanso deluxe.
La consigna principal es la de olvidarse de las prisas. Aunque solo tengas unas horas para disfrutar de la capital escocesa, no la recordarás igual si la saboreas detenidamente que si andas deprisa de un lado al otro. Cierto es que prolongar las sobremesas te privará de disfrutar de otras atracciones de la ciudad más allá de las gastronómicas debido a los horarios de apertura, pero hay mesas que valen mucho la pena visitar.
Edimburgo tiene más restaurantes por cabeza que ninguna otra localidad en toda Gran Bretaña. Ahí es nada. Entre éstos, cuatro estrellas Michelin con cocinas de autor cuyos chefs alternan sus menús gastronómicos con fórmulas de degustación más casual. En todos ellos, comer o cenar te llevará una media de 3 horas. En The Kitchin, Tom Kitchin y su equipo ponen el mapa de Escocia a modo de minuta sobre la mesa para situar el origen de todos los ingredientes con los que trabajan y evidenciar así su orgullo por el producto autóctono. Apuesta por su menú de clásicos o su menú de temporada y entenderás el alcance y la personalidad de un chef al que adoran en su país. Su popularidad está al mismo nivel que la de Paul Kitching, del restaurante 21212, que brinda una experiencia dos estrellas Michelin en toda regla. En función de tu presupuesto, puedes probar ambas direcciones y contrastarlas, o bien decantarte por combinar una opción de alta cocina con otra más informal. El chef Martin Wishart, por ejemplo, dispone de ambas. Mientras en su restaurante homónimo se libra a la creatividad vanguardista, en el bistró The Honours practica una cocina de reminiscencias francesas en pleno downtown. No dejes de probar el salmón escocés “a su manera” y su amplia bodega. Es tan ambiciosa como la del Bistro du Vin. No creas que has bebido demasiado si no dejas de ver botellas a tu alrededor. Es precisamente lo que lo distingue.
No muy lejos del Honours de Wishart, se encuentra la tetería Eteaket, donde podrás deleitarte con sus variedades de té, también a la venta en la tienda que la marca tiene en el número 111 de Rose Street. La propietaria asesora a los mejores chefs del país en la elaboración de sus cartas de té. Para tomártelo en plan lord, pásate mejor por el hotel Balmoral y su salón de té, donde lo sirven con pastas caseras. No hay dulce más tentador en estas tierras que sus magníficas galletas de mantequilla.
Para apreciar la despensa local en cuanto a carnes y pescados a la brasa se refiere, reserva en el premiado Blackwood’s. Un elegante saloncito con pocas plazas, buenas piezas autóctonas, generosas guarniciones y un bar para ese whisky que aquí te sabrá diferente. Es el restaurante del exquisito hotel Nira Caledonia, de gran relación calidad precio. Ubicado entre zonas ajardinadas y compuesto por dos edificios de arquitectura neoclásica, este hotel boutique dispone de poquitas pero amplísimas habitaciones con vistas y un detallismo remarcable. ¡Qué mejor refugio en el entorno del apacible Gloucester que este hotel en el que incluso podrás desayunar en el jardín privado de una de sus habitaciones! Si estuviera ocupada, el bufé de desayuno servido en el restaurante tampoco tiene desperdicio. Por no hablar de sufull Scottish (o desayuno completo escocés) elaborado al momento, que incluye el tradicional haggis, el black pudding, el porridge, además de los buenísimos oatcakes y shortbreads.
Desde aquí verás que Stockbridge te queda a un paso. Reconocerás enseguida su efervescencia con modestos bistronómicos que hacen muy bien las cosas y las sucursales tanto de la quesería I.J. Mellis como de la chocolatería Coco. También enotecas como Good BrothersWine Bar (4-6 Dean St), un discreto local donde no solo beberás sino que también comerás muy bien. Sorprendentemente bien y a buen precio. Tanto es así como desearás volver a Edimburgo.
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Texto de Belén Parra, de Gastronomistas.com
+ infoTallin la escapada perfecta antes de Navidad
El norte de Europa, con sus mercados y su decoración ad hoc, es un destino perfecto para todos aquellos que buscan impregnarse del espíritu navideño antes de celebrar las fiestas con la familia. Una de las ciudades cuyo mercadillo es digno de visita es Tallin, la capital de Estonia, que cuenta con uno de los núcleos medievales mejor conservados del Báltico. Su casco histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco el año 1997, está rodeado por una muralla recia que ha sobrevivido a todas las guerras. ¿Alguna razón más para viajar a Tallin? Pues que cuenta con una de las fachadas marítimas más bellas del mundo y según Condé Nast Traveler va a ser una de las ciudades que va a triunfar en el 2017.What else?
Tallin fue un núcleo comercial de suma importancia cuando la Liga Hanseática dominaba todas las rutas por el Báltico y el Mar del Norte. Entonces era conocida con el nombre germánico de Reval y era tal su riqueza que se podía permitir el lujo de tener dos alcaldes y veinticuatro funcionarios municipales que trabajaban años alternos. Su centro histórico data de la época medieval y se vertebra alrededor de la plaza del Ayuntamiento donde está el símbolo de esta ciudad, el Viejo Tomás (Vana Toomas), una veleta que representa a un mercenario que lleva en una mano una espada, y en la otra una bandera. También destacan la iglesia de la Virgen María, de origen luterano, la de Domo, del llamado estilo gótico desnudo, o la catedral ortodoxa de Alexander Nevski, del año 1900, ubicada en la colina de Toompea. Daneses, alemanes, suecos, rusos y, por último, los soviéticos dejaron su impronta en la historia de Estonia. De esta última época destacan el cine, hoy uno de los centros de ocio más importantes de la ciudad, y la estructura de patios interiores que podemos encontrar por esta urbe báltica.
No podéis decir que habéis estado en Tallin si no habéis recorrido la calle de la Pierna Larga (Pikk jalg) y la de la Pierna Corta (Lühike jalg) y no os habéis parado a contemplar las increíbles e icónicas vistas de la ciudad desde el mirador de Patkuli desde donde se ven el mar, el puerto y la iglesia de Oleviste (San Olav). Tampoco seréis grandes conocedores de la capital de Estonia si no dais un paseo por el moderno barrio de Rotermanni o si no os reís cuando os explican cómo se llaman dos de las torres más conocidas de su inexpugnable muralla: “Mira a la cocina” y “Margarita la gorda”.
A los habitantes de Tallin les gusta la playa y una de las más concurridas en verano es la de Pirita (Brígida), de arena blanca, donde la gente se baña alegremente en las desabridas y frías aguas del Báltico donde se pueden pescar peces típicamente de río como el lucio. En esta zona se edificó la villa olímpica donde se alojaron los atletas que participaron en las pruebas de vela de las Olimpiadas de Moscú, en el año 1980.
Tallin y sus museos
Tallin es una ciudad en la que hay infinidad de zonas verdes y museos. En el parque Kadriorg encontramos el homónimo palacio que mandó construir para su esposa el zar Pedro I de Rusia. En su interior está el Museo de Arte Extranjero donde se pueden ver obras de artistas italianos, holandeses, alemanes y rusos, entre otros, de los siglos XVI al XIX. Cerca se ubica el Museo de Arte Kumu, uno de los edificios más modernos y originales de Tallin con estructura de piedra caliza y cobre que alberga exposiciones de todo tipo, ya sean permanentes o itinerantes.
Otros espacios culturales muy recomendables, sobre todo para las familias que viajan con niños, son el Museo Rocca al Mare, situado en un amplio parque forestal que cuenta con granjas de techos de paja de entre los siglos XVIII y XX, molinos, una iglesia de madera y una escuela, y donde se muestran cómo se vivía y trabajaba hace siglos, y el Museo Marítimo de Estonia, donde se pueden ver barcos y naves emblemáticas como el rompehielos Suur Tõll, el más grande de Europa que se conserva, el buscaminas Kalev o el submarino Lembit.
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Texto de Tus Destinos
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